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LA ESCOPETA NACIONAL

“…los personajes de esta película son los poderosos, los primados, los ministros, los pelotas, los miserables por vocación. Y Berlanga siente por ellos el más cordial de los odios. La escopeta nacional es, probablemente, su película más dura, la más despiadada. Un filme directo, sin concesiones, salvaje, en el que destripa, tritura, a quienes, durante cuarenta años, nos han estado haciendo la puñeta…” ¿Sólo 40 años?

Este entrecomillado está extraído de la crítica que el diario EL PAÍS escribió en 1978 sobre  La escopeta nacional, una obra maestra del director valenciano, cuyo argumento (salvando las distancias de moda, usos y costumbres del momento), es actual y anacrónico, pero quizá más rancio, resabiado y rencoroso.

Esto lo digo por lo que viví en persona los primeros días de enero de este nuevo año 2017 (del siglo XXI!!!) mientras caminaba por senderos de Torrelodones en los lindes con el Monte de  El Pardo, desde donde, por cierto, se aprecia un skyline de Madrid  cubierto por una bella capa de contaminación. Allí estábamos a salvo de inhalar malos humos. Eso creía yo.

Animados por el buen tiempo y con el bastón de senderismo en mano, mi amante esposo y yo nos adentramos por la ruta I01 Camino del Pendolero, que sube a la  finca del mismo nombre, erigida por el conde y duque Don Gabriel Maura en 1911 y actualmente explotada para bodas y celebraciones de postín.

Yo no soy de Madrid, pero mi amiga, la propietaria de la casa donde me alojaba, me alentó a pasear por estos lares (bellos por cierto) siempre hacia arriba y a la derecha, porque si me adentraba por la izquierda, podría volver al mismo sitio.

Dejamos a la izquierda la citada finca y pasamos por otras más pequeñas cercanas a ella, construcciones de apoyo, residencias de los criados o pertenecientes a otros condes  o marqueses venidos a menos. El caso es que seguimos siempre a la derecha hasta toparnos, en medio de la nada,  con un antiguo, destartalado y redondo corral de caballos con un obstáculo de hípica en el centro. Yo, como enseguida me monto mis películas, ya vi allí a un Astolfi, un Cayetano Martínez de Irujo o cualquier otro individuo de la nobleza, a los que tanto les gusta la equitación, entrenando en solitario (ellos también sufren) ante una inminente y dura competición.

Y de repente, se acercó un Jeep, uno de esos enormes y caros todo terrenos con todo lo necesario para adentrarse por sendas pedregosas entre fauna y flora, y al volante un caballero de mediana edad, tirando a gran edad, vigilando sus propiedades y cotos de caza, con escopeta (imagino) , sombrero, suéter de pico (los vi), chaleco y toda la indumentaria ad hoc. Por estrecheces del camino, nos echamos a un lado dispuestos a saludar amablemente a su paso, pero antes de abrir la boca, el vehículo paró y su conductor, parapeteado tras una cámara de fotos  con gran objetivo, nos comenzó a disparar instantáneas como un poseído.

Uyy, pensé, ¿creerá que somos “alguien”? Pero no. Alma cándida. En cuanto dejó su “arma” comenzaron de viva voz sus amenazas, lanzadas con arrogancia, grosería y mala educación, aunque sin decir ni un taco, por supuesto, que siempre hay clases… “Les he hecho fotos. Lo tengo todo grabado. Fuera de esta propiedad. Han cometido un delito y si no se van ahora mismo les meto una denuncia que se van a enterar… y los llevo a comisaría”. ¿Perdón? ¿Qué ha dicho?

Por lo que se ve, la valla estaba abierta, sin cartel alguno de prohibición. Y como las sendas son iguales dentro y fuera de la alambrada, nosotros, en nuestro feliz deambular, entramos a una propiedad privada. Un sendero pedregoso, unos árboles y una mierda, perdonen la expresión, de corral.

No me creía lo que oía, hasta que me di cuenta de que no era una broma, sino una triste realidad y sentí una punzada en el estómago de indignación. Como yo nunca he servido a estos tipejos, asocié esa sensación a la que nos embargaba hace muchos años cuando te paraba la Guardia Civil, y te sentías intimidada, culpable y temerosa sin motivo. He de aclarar que HOY  la Guardia Civil merece mi respeto y mi consideración como el mejor cuerpo de seguridad de este país. Con diferencia. Pero ese esotro tema.

Bueno, en fin, que intentamos explicarnos y pedir perdón, pero el arrogante no escuchó (quizá sea genético) a estos dos del vulgo, no perdonó, no sonrió y nos escoltó con su jeep pisándonos los talones hasta la supuesta salida, como si fuéramos delincuentes o lacayos a sus órdenes.

No dijimos nada,  no amenazamos, no nos impusimos, no exigimos, no le hicimos fotos, no le despreciamos. Y cuando salí ya a la libertad de los caminos del pueblo me indigné conmigo misma por haberme callado. Por no decirle lo que pensaba a ese cretino. Pero ¿sabéis qué?, como dijo el filósofo griego Xenócrates ya en el siglo IV a.c  Me he arrepentido muchas veces de haber hablado, pero jamás de haber callado”.