Crónica de una muerte anunciada. Mi desaprendizaje en Canal 9.

Tanto los que nos dedicamos a la comunicación en su más amplio sentido, como los que hemos trabajado en este maligno ente, así como los que nada tienen que ver pero, por los caprichos de la vida, les toca sufrir en la Comunidad Valenciana, jamás olvidaremos el 5 de noviembre de 2013, día en que murió RTVV.

Ya llevo en esto veintitantos años y lo que me ha pasado y he visto en Canal 9 no tiene parangón por subrealista, anacrónico y triste. A veces incluso pensé que lo había soñado. Pero hoy me vuelve todo nítido y real para arrearme en toda la cara.

Vaya por delante que no me alegro en absoluto de su cierre, que es una gran pérdida para la identidad de esta Comunidad y que más de 1.700 trabajadores se quedan sin remedio en la calle. Pero quizá sea el castigo que nos merecemos. La cuerda se ha roto de tanto estirarla. Todos somos culpables, por votar a quien votamos, porque esos votados han hecho de su capa un sayo, y con una indecencia y prepotencia sin límtes han robado, colocado a gestores amiguetes ineptos que no saben hacer la «o» con un canuto, por lo que contratan a otros enchufados para que resuelvan, que a su vez contratan a otros amiguetes que cobran un sueldazo por NADA (y sé de lo que hablo) y así hasta llegar a sólo unos cuantos currantes que saben hacer tele, que representan una ínfima parte de los 1.700 !qué fuerte!. Pero el ente te engulle, te transforma, te mina…y muchos de esos profesionales con ganas, principios e ilusión, se convirtieron en autómatas que entregaron su alma al todopoderoso. En Canal 9 desaprendes lo aprendido hasta tal punto que dudas de ti mismo.

Entrevistando a AberasturiYo trabajé allí durante los años 1999 y 2000. No voy a decir en qué programas por respeto a compañeros muy válidos, y aunque fue una gozada trabajar con ese despliegue de medios, no aprendí nada de nada, aunque evité desaprender, por eso no seguí allí, claro está.

No llevé a cabo consejos que se me dieron, como el que me ofreció con toda desfachatez una productora bien asentada en un puesto que le permitía un estilo de vida más que desahogado que podía disfrutar sin matarse a trabajar. Pues fue ella quien, convencida del piropo y el apoyo que me estaba prestando, me soltó, literalmente, «cuánto vales Laura, de lo mejor que he tenido, pero tienes un problema: no sabes hacer pasillos» ¿Perdón, pasillos? ¿Qué es eso? Deducid vosotros mismos

Yo, que en cierto modo la envidiaba porque suponía que era inteligente, valiosa, eficaz, lista, ya que tenía un sueldazo, un puestazo que le podía permitir tranquilamente ir pariendo a 4 hijos y llevarlos al colegio o al médico o a las fiestas de cumpleaños, algo de lo que yo no era capaz con un único retoño, porque siempre iba agobiada, trabajando como una burra; todo se me vino abajo. Fue en ese momento cuando el ENTE me puso a prueba y ya jamás medré

Yo, que venía de la privada, de una tele local donde dirigía, presentaba, montaba, escribía los guiones… donde había que demostrarlo todo, sin fines de semana, sin pagas extraordinarias, sin cestas navideñas y sin horas pagadas, pero con unas ganas brutales de aprender, de dejarme la piel por demostrar lo que valía…Pero no, nunca Canal 9 me dio más, y allí precisamente descubrí lo muchísimo que yo sabía ¿Cómo era posible?

En uno de los programas yo estaba de redactora y hacía reportajes en la calle. Éramos un equipo (ahora que lo pienso, con toda esa gente deberíamos haber ganado el premio al mejor magazine de España) de redactores guionistas que hacían realmente el programa, con un director a la cabeza, un productor, ayudantes… Recuerdo perfectamente lo muerta que me quedé cuando me dijeron lo que cobraba el director que, os juro, no hacía NADA de NADA. Bueno sí, jugar a los marcianitos y presentase en las reuniones de contenidos que nosotros proponíamos y rellenábamos.

Pero la corrupción (que no sólo es económica) llegaba hasta los técnicos que, robotizados por la línea de la empresa, no sólo cumplían a rajatabla su horario como si estuvieran fabricando tornillos, sino que no se excedían ni un minuto más. Recuerdo que estábamos editando una pieza para un programa y metiéndole la música. Había ya encontrado la nota perfecta para un plano en concreto. Era cuestión de un minuto. Sólo de un minuto. Pero el montador miró su reloj y dijo «lo siento, hora de merendar» y me dejó con el reportaje sin finalizar (era urgente y no tenía más horas para montar).

No hablaré de las susceptibilidades, cuchillos por la espalda y demás lindezas que presencié. Con tanto inseguro mirando hacia atrás por si le quitaban el puesto, imaginaos. ¿quién eras tú para tomar un café con, por ejemplo, Andrés Aberasturi, si eras una redactora de «mierda»?. Pues su amiga, simplemente.

No guardo admiración por nadie de los que me topé. Qué pena no poder decir «cuánto aprendi de él o ella», como me sucede con tantas personas que me han hecho crecer fuera de ahí.

Yo no les debo nada, pero Canal 9 me lo debe a mi. A todos los profesionales como yo, a todos los valencianos que han financiado todo esto. No me alegro, repito, pero se acabó. RTVV DESCANSE EN PAZ